Algo sobre Paca

Hablar de los otros es fácil. Lo difícil es ponerse en su lugar.
Pienso en eso, mientras Paca estira la mano y me ofrece un mate.
No parece sentirse incómoda. aunque sí, tal vez, algo tímida, algo avergonzada, como si pensara que no está arreglada para las fotos

Literalmente, le invadimos la casa… Llegamos con nuestras cámaras, y empezamos a disparar, sin piedad, sin contemplaciones, sin pedir permiso.
Sin embargo, sigue hablando. De tanto en tanto, mira a una u otra cámara y sonríe. Es lo que se estila,  sonreir para la foto.
Antes de echar el agua al próximo mate, le pone una generosa cantidad de azúcar. Me gusta amargo. Lo tomo igual.
Una multitud de chicos, de todas las edades, corren en el patio de piso de tierra. Algunos son sus hijos. Otros no.  Se mezclan entre los perros y cientos de cosas acumuladas, detrás de la entrada delimitada con chapas.Bicicletas semidesgüasadas, tablas, tablones, sillas rotas, juguetes de todo tipo, muñecas descabezadas, un viejo radiograbador, más sillas. En el medio de ese caos, una prolija soga sostiene la ropa secándose al sol del mediodía.

“Me llamo Silvia, Silvia Allende”- “Pero nadie me dice así… aquí todos me conocen como Paca”
Paca tiene siete hijas, que van de los 16 años a los 10 meses.
“La más grande, se fue a vivir con el novio, en la casilla de al lado”- cuenta con toda naturalidad. No parece incomodarle que la más grande no supere los 16. Alli, la edad es sólo circunstancial. Se madura muy rápido.
“Mi yerno es un buen chico. Muy trabajador. Es albañil. Y trabaja todo el día, de siete de la mañana a siete de la tarde” “Es un buen chico”- repite contenta… y sonríe.

“Tengo 37 años”, contesta cuando alguien le pregunta. Los surcos en su rostro, la piel curtida parecen desmentirla. Esa piel, esas manos, ajadas, marcadas, el cuerpo algo desgarbado, la notoria delgadez, dan cuenta de una vida mucho más larga.  Una vida en la que un año podrían parecer diez.

Una de sus hijas, asoma tras la cortina que separa la casa del patio. Sonríe, burlona, simula una pose y vuelve a lo suyo.

La ronda de mate sigue su curso. Paca fuma. Mientras los hace, desgrana algunos detalles. La vida en el barrio, lo cotidiano. Los Eucaliptos es un arrabal, como tantos otros de la ciudad de Rosario, pleno de carencias, de dolores, de necesidades, de frío, de agua estancada, de gente con poco y gente con nada.
Allí, cada uno libra su propia batalla diaria, y sobrevive como puede.

Paca y su familia lo hacen con el carro. Salen, muy temprano a veces, y suelen pasar todo el día de calle en calle, de cuadra en cuadra, de basurero en basurero.

Le pregunto por sus hijas, como se arregla con ellas, sobre todo con la más pequeña.  “Si no van a la escuela, o no tengo con quien dejarlas, que es lo más común, se vienen conmigo en el carro. Pero las nenas nunca quedan solas. La más grande me ayuda, pero solas… nunca” Me mira fijo a los ojos mientras lo dice. Tiene la mirada clara.

Los chicos corren, fascinados con nuestra presencia y , sobre todo, con nuestras cámaras. Quieren sacar fotos. Y allí vamos con ellos. Les prestamos, algo temblorosos, las máquinas y les enseñamos dónde apretar para que la magia ocurra, y la foto aparezca.

Paca prende otro cigarrillo. Su compañero, Miguel, acaba de llegar. Sorprendido ante nuestra presencia, pero nada hostil, se suma a la charla. Hablamos de los caballos que llevan el carro, de los cuidados que necesitan los animales. No lo pueden tener en la casa. Los vecinos se quejan y los denunciarían. Y no quieren más problemas. ya tuvieron suficiente.
Nos cuentan, entonces, que llevan ocho años viviendo en Los Eucaliptos. Los primero tres años alquilaron la casilla. Hasta que un día, los verdaderos dueños del terreno, los denunciaron por usurpación.  “Pero como?- recuerdan indignados- y todo este tiempo, a quien le estuvimos pagando?
Fueron largas jornadas en tribunales, en compañía de una trabajadora social, quien los asesoró y ayudó con los papeles y el juez. Finalmente, les otorgaron la propiedad.  Una batalla ganada. Eso es algo…

Poco a poco nos vamos despidiendo. Miguel nos ofrece un paseo en carro, que no nos atrevimos a aceptar. Aunque algunos estuvimos cerca de hacerlo.
Prometemos volver, con las fotos.

Nos vamos.
Volveremos a  nuestros mundos, a nuestras cámaras… Y Paca volverá a su carro.

* Este relato se encuentra enmarcado en el trabajo de Fotografía Documental realizada por los fotógrafos de FOCO CRÍTICO, en el barrio LOS ECUALIPTOS de la ciudad de Rosario, entre los meses de octubre y diciembre de 2012.

Leave a reply